Cuento en cien palabras.
Subo los peldaños de calle Cumming con destino al Cementerio de
Disidentes. La humedad de la neblina cubre mis anteojos. Los guardo
en la cartera. Camino hasta la tumba de Heinz, depositando en ella rosas
rosas, sus favoritas, y comienzo a rezar.
Somnolienta baja la niebla envolviéndolo todo. Pronto siento llegar a
Heinz. Rodea mi talle. Su boca busca mi cuello, mis labios. Olvido mis
oraciones.
Salgo del cementerio, abotonando mi abrigo. ¡Mi cartera!¡Mi cartera!
Devuelvo mis pasos hacia la fría losa. Al inclinarme para tomarla, observo
que he colocado las flores, en la tumba de alguien llamado Fritz.

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