En la bóveda gris
la lluvia
baila entre dudas y encrucijadas
en majestuoso y lento andar
mis sentidos se acercan sin saberlo
a un concierto desconocido.
Escucho el silencio en una
melodía que llega desde el albor
de una semilla en la selva.
Mi lluvia llega sin una orden
y baila al compás de las notas que
en el aire se dibujan.
¡Es mediodía en el metro!
La música abre sus graciosas alas
fragua de azul en el cemento
su delirio
vibra en los rieles ansiosos del metro
y en todo su esplendor, vuela.
Las cuerdas de los violines trazan
el imperial y barroco canto del
oboe.
Lejano el señorial
poderío del clavicordio.
¡Es mediodía en el metro!
Con la gentileza de una flauta
la luz del carro se extingue.
Un hombre de cabeza iluminada
encamina sus sueños en la escala.
Escucho mi nombre,
sí, me llama.
En mi loco pensamiento de poeta,
hago crecer el sonido del tiempo.
Teleman me guiña su ojo derecho
alarga su brazo y delicado como
su música
se lleva, si, se lleva
las últimas gotas de mi lluvia.
¡Es mediodía en el metro!
