En el pincel del artista, un trazo se agita.
Se escuchan risas desde las araucarias,
hiedras y pinos son amantes de día,
y al arrullo del palomar,
su memoria palpita.
El musgo crece bajo el tapiz de otoño,
besos se deshojan en su casa de adobe,
puertas atisban sabores de antaño,
el castillo de la esquina,
sus heridas esconde.
Otea el horizonte un brote de ciruelo,
modernas obras ciegan arboledas,
el sol aparece como un grito,
las nacientes ramas del aromo,
claman por silencio.
El pintor del barrio evoca unos ojos,
su tristeza cae en un albo floripondio,
su mano crispada aclara una sombra
y a su locura de años
ella, la ingrata
¡vuelve!


