La lluvia ha llegado.
Recoge el rojo del otoño,
calma la tristeza de la tierra,
siembra en los senderos,
el placer de sus gotas.
Se vuelca en tempestad
y en lodo amargo trastoca
la miel de hogares sempiternos.
Las olas deshonran cual filibusteros
lanchas, redes, pesqueros.
Crece la dádiva de Chile
larga y humilde,
pone una mejilla al sureste,
dentro de unos días,
pondrá la otra al noroeste.
Y esperará
el bostezo del invierno,
con su aroma creciente
a beso de primavera.